Antecedentes

El Llano de Putaendo, amplio peldaño de pie de monte, se encuentra a 200 metros de altura a un costado del pueblo del mismo nombre. Desde ahí se puede admirar la extensa panorámica de todo el valle. Es un área ancha, abierta a los vientos, sin árboles ni matorrales, que ha sido frecuentada por rebaños de cabras durante generaciones. Las familias putaendinas suben al llano los domingos para pasear; de noche, el Llano es de las parejas y los muchachos.

Las extensiones que se ven desde el Llano, hoy sembradas de frutales, antiguamente fueron campos forrajeros, cañameros y cerealeros (trigo, poroto, lenteja, cebada...). En esos años, para transportar la producción agrícola y para las faenas del campo se usaban las carretas y carretones tirados por bueyes. Esas carretas, que representaban en muchos casos el mayor bien mueble de una familia y el instrumento principal de trabajo en las haciendas o fundos, eran reparadas una y otra vez, y duraban generaciones.

Pocas siguen en uso hoy en día en esta región. De las que no terminaron quemadas o deshechas en los establos, algunas adornan entradas de restaurantes típicos y patios de parcelas de agrado. Rebajadas, pues, a decoración de jardines, sustraídas a su entorno físico, temporal y social, e inmovilizadas en propiedad privada, estas carretas han salido de la historia y esperan su segunda muerte sobre unos pastos bien cortados, aguantando las inclemencias del tiempo como nunca lo hicieron en su vida útil, en que al final del día se las guardaba cuidadosamente bajo techo.

Otro destino de las carretas ha sido el museo. En un entorno de respeto y veneración, rodeada muchas veces de sus implementos, la carreta se congela para la fotografía. Momificada y museificada, tenemos que hacer un esfuerzo para imaginar las condiciones en las que hombres y animales la trabajaron y la riqueza o la miseria que transportó.

Existen, finalmente, viejas carretas para las que un esfuerzo de restauración sería vano, carretas a punto de deshacerse, aquellas a las que les falta una u otra pieza, y que no tienen interés para los museos ni dan para adorno de jardín. Se trata de objetos condenados a desaparecer sin ceremonia.